Adiós 2016…

Vaya año. No, no voy a hacer un resumen de esos sesudos que hacen las agencias de noticias ni voy a atufaros con mi valoración personal de esta o aquella impactante historia…

Voy a hablaros de mis cambios en 2016.

Los que me seguís en redes sociales sabéis, habéis sido testigos, de mi cambio físico. Sí, he adelgazado cuarenta y cuatro kilos, que se dice pronto y que salta a la vista, pero ese no ha sido mi mayor cambio.

Mi Gran Cambio se ha producido en el interior, en mi cabeza.

Supongo que antes, cuando estaba gordo y era un esfuerzo anudarme los zapatos, yo estaba muy enfadado. No lo supongo, lo sé. Estaba muy cabreado y eso me llevó a juntarme, a seguir en Twiter, a otras personas airadas. Eso que ahora se llaman “personas tóxicas” y de toda la vida han sido simplemente gilipollas.

He cortado con todas esas personas.

Este año había decidido ser mejor, tener contacto y preocuparme de aquellas personas que realmente hacen, crean, aportan o simplemente son “buena gente” y creo que lo estoy consiguiendo. No os voy a nombrar porque vosotros sabéis quiénes sois, sabéis que os quiero y os aprecio y noto que el sentimiento es mutuo.

Espero para 2017 que todo nos vaya fenomenal, que triunfemos y que sigamos alegrándonos de nuestros respectivos éxito como hacemos ahora.

Los de “La Ostra azul”, “Los muy así”, “Esa gente”, el enano cabrón, el otro enano de mierda, el guitarritas, la chernobylita, la ojete, el Batman, Stark, Doc o Spielberg, el Lunetas y su chica y muchos otros que no os tengo en grupos de DM o whatsapp pero que compartimos tanto… Gracias por estar ahí.

En fin, que feliz 2017 a todos.

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Sarna con gusto, de César Pérez Gellida

Una adolescente ha desaparecido en el marco de las ferias patronales de la ciudad. Se trata de la hija de un importante empresario y las primeras pesquisas apuntan a que podría tratarse de un secuestro. Mientras, lastrado por los efectos nocivos que le ha dejado la obsesiva persecución de Augusto Ledesma, el pelirrojo inspector de homicidios de Valladolid, Ramiro Sancho, vuelve al Cuerpo con la esperanza de retomar las riendas de su vida anterior. Nada más lejos de la realidad.

Hasta aquí lo que la editorial dice de esta novela.

Hasta aquí lo que se puede contar sin caer en el feo vicio de reventar una historia, siquiera mínimamente…

¿Para qué hacer las cosas fáciles? Fue lo primero que me vino a la mente cuando llevaba leídas unas cuarenta o cincuenta páginas de Sarna con gusto. Gellida no ha querido conformarse con narrarnos una historia actual, creíble y que puede estar ocurriendo ahora mismo, no. Se ha empeñado y ha conseguido hacer que seamos partícipes de todas las caras de un poliedro dramático y doloroso narrándolo desde todos los puntos de vista posibles: la familia de la chica secuestrada, la propia víctima, quienes la retiene y, por supuesto Ramiro Sancho, encargado de resolver el caso. Dice el texto promocional que es una experiencia 360 y se han quedado cortos; es leer la vida con un realismo negro que acojona al lector—Lo siento, no hay otro término—, lo sumerge, lo inunda, lo hace oler, sentir, vivir en primera persona, cuestionarse el blanco y negro, dudar del gris…

Para complicarse algo más la vida, César decide recuperar algunos viejos conocidos de su anterior trilogía y dar un gusto a los fans con el retorno del islandés y la Lopategui pero no queda ahí la cosa: empezamos a conocer otro nuevo caso para Sancho, un descarado y maravilloso cebo de lo que será esta nueva trilogía y que promete ser algo grande, quizás incluso más que Versos, canciones y trocitos de carne.

Un descubrimiento: la inspectora Robles.

Y hasta aquí la reseña sin historia narrable de Sarna con gusto, de César Pérez Gellida, que cada día se complica más la vida…, para disfrute de todos nosotros.

Normal, es un escritor calvo.

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Recomendemos algún libro (que para eso es Sant Jordi)

Vaya por delante una confesión sincera: Me estoy volviendo un viejo puñetero a la hora de leer.

Dicho esto voy a recomendaros libros que me han gustado especialmente. Antes de que salga el listo de turno: sí, muchos de ellos los han escrito amigos míos, pero no todos y algunos de los que han escritos mis amigos no los voy a recomendar porque no me han gustado y así se lo he dicho a ellos en privado.

Pasado el momento abuelo cebolleta, vamos a los libros y los motivos:

Kryptos, de Blas Ruiz Grau y otros chalados. Porque es un thriller que podría ser real, por sus dos protagonistas femeninas y porque he colaborado en él.

Albatros, de Gabri Ródenas. Porque presenta un futuro creíble, demasiado, y porque siempre me han gustado las historias con espadachines que además contienen perlas de filosofía.

Lo que el hielo atrapa, de Bruno Nievas. Porque ya no se escriben libros de aventuras como antes y este libro lo es; porque pasas frío leyéndolo y porque el desarrollo de “la cuarta presencia” que acompañaba a Shackleton y sus hombres es genial.

Sarna con gusto, de César Pérez Gellida. Porque es novela negra hiperrealista, porque podría estar pasando ahora mismo, porque es el retorno de Ramiro Sancho.

Cicatriz, de Juan Gómez-Jurado. Por frenética, rápida, ágil, adictiva y porque es un thriller que obsesiona.

Madre in Spain, de Señorita Puri. Porque vuelve la Puri más graciosa, porque es un buen método anticonceptivo leer este libro si piensas en tener hijos y porque me lo leí en una mañana y lloré de la risa.

Palabra de Dios Tuitero. Porque si hubiese un dios, tendría que ser él, que se toma las cosas con menos dramatismo que la Iglesia.

Y en el campo de la divulgación os recomiendo: El Universo en una taza de café, de Jordi Pereyra. Porque es divulgación con humor, porque es la historia de la física desde nuestros ancestros, porque soy fan del blog CienciaDeSofá.com.

Feliz Sant Jordi a todos.

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La falacia del escritor vampiro

«Esto te sirve a ti para otra novela», «Seguro que estás ahí, tomando notas para luego escribirlo» y así muchas veces…

Todos los que nos dedicamos a esto de juntar letras hemos tenido que escuchar esa estupidez más de una vez.

Aclaremos conceptos: No, los escritores no escribimos sobre nosotros mismos ni sobre nuestros amigos o familiares.

Al menos no es esa nuestra exclusiva base de trabajo.

Es cierto que, muchas veces, usamos nombres que nos resultan familiares, describimos a algunos personajes con el físico de gente cercana, o les atribuimos reacciones que nos son propias.

Pero tenemos imaginación.

Si no, seríamos meros cronistas y jamás se hubieran escrito cosas como «Fundación», «La Iliada» o «Spíderman». ¿De verdad alguien cree que Stan Lee fue picado por una araña radioactiva?

Es una falacia aceptada por muchos el que el escritor sea un vampiro de ideas y vivencias. Es cómoda y es confortable.

¿Por qué? Resulta conveniente que los libros no sean «creados» si no «transcritos» ya que así los textos religiosos reciben marchamo de calidad. «Nadie se lo ha inventado, ocurrió así». En la novela «Mindscape» de Robert J. Sawyer, una escritora reivindica este concepto de manera excelente, ya que así la gente de a pie se siente más cómoda y puede seguir creyendo en sus libros sagrados, porque «sólo Dios puede crear».

Reducimos al escritor a mero escribano, despreciamos su capacidad para crear, para inventar, para fabular, porque crear, inventar y fabular es patrimonio exclusivo de los dioses.

No, los escritores no estamos todo el día absorbiendo vivencias ajenas o reflejando las propias. Estamos todo el día imaginando, creando, inventando.

Somos unos mentirosos, pero somos los mejores mintiendo porque inventamos la propia mentira.

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