El Ministerio del Tiempo, sin duda la mejor serie española

Lo confieso, tenía mis dudas. La marcha de Rodolfo Sancho y de Aura Garrido me hacían presagiar un agónico y triste final para El Ministerio del Tiempo pero no podía estar más equivocado.

La ficción que los hermanos Pablo y Javier Olivares crearon hace tres temporadas para TVE ha crecido hasta convertirse en un fabuloso ejercicio de ciencia ficción pura. Los que me conocéis sabéis que, casi seguro, es mi género de literatura favorito y también sabéis que llevo años quejándome de las soberanas mierdas que se hacen amparadas bajo este paraguas.

El Ministerio del Tiempo le da en todos los morros a esos puristas de la ciencia ficción que, al principio de la serie, decían que tenía garrafales fallos… No solo se puede viajar al futuro, es que lo hacen. No solo es coherente la estructura temporal que se cuenta, es que las paradojas y lineas divergentes también lo son. No solo se chorrea de las dos corrientes imperantes en los relatos de viajes en el tiempo… No solo es ciencia ficción, es pura ciencia ficción.

Desde hace años se dice que la ciencia ficción no es más que la manera que tienen algunos avezados autores de reflejar la mierda de sociedad en la que viven, sus miedos y temores y disfrazarlo todo de una pátina de entretenimiento. Si admitimos como buena esa interpretación, que pruebas de ello hay, El Ministerio del Tiempo es absoluta ciencia ficción que no se calla una. Lo mismo arremete contra la corrupción, que contra los advenedizos, que contra la estulticia imperante. El Ministerio del Tiempo no deja títere con cabeza y se agradece. Los hermanos Olivares crearon el vehículo ideal para criticar todo aquello que nos sonroja hoy en día y lo han hecho.

Hablamos de un proyecto mastodóntico que nos enseña Historia, que nos entretiene, que nos enamora con sus personajes, sus homenajes a estilos y personas (Imposible olvidar el episodio dedicado a Hitchcock) y que ha sufrido la ceguera de los programadores de la pública y los burócratas que hoy la manejan. La oportuna entrada de Onza Entertainment y su venta a Netflix permitió dotar a la mejor serie de la historia de la televisión española de algo más de presupuesto, que se nota y se agradece, y hacernos disfrutar el triple.

La marcha de Rodolfo Sancho y Aura Garrido, presupongo que aburridos de los continuos parones en la producción motivados por vaya usted a saber qué memo que no ve más allá de los shares de audiencia, supuso un mazazo para los fans pero ahí es donde Olivares ha sacado músculo y puesto las cartas sobre la mesa: el retorno de Hugo Silva, ya como protagonista, y la incorporación de Macarena García como una paradójica y genial Lola Mendieta joven, han supuesto el revulsivo que la serie necesitaba. De Nacho Fresneda, bastión de la serie, no hay que decir nada: es un gran actor y merece todo lo bueno que le pase.

Jaime Blanch sigue estando enorme, enormísimo, en su papel de jefe del Ministerio y el resto… Bueno, echaremos mucho de menos a Irene, Ernesto, Velazquez y Angustias.

No soy imparcial, hasta el hecho de leer en los títulos de cada capítulo “Alma” (el sindicato de guionistas) y “una serie creada por” que tan poco se ve en las producciones patrias, me emociona. Hasta en eso tiene clase, poderío y señorío El Ministerio del Tiempo.

Me quedo con el último capítulo, verdadero homenaje a los que llevamos tres temporadas, con sus saltos de programación incluidos, viéndola. Homenaje a los fans, a la propia serie, a la profesión esta tan bonita de contar historias en el formato que sea y homenaje a ellos mismos, a los que la han hecho posible.

Leo que no es seguro un retorno, que Javier Olivares no quiere que la serie “culebronee” y se agradece, pero una serie que ha elevado tanto los estándares de la televisión, que hasta ha sobrevivido a un burdo y cutre plagio americano merece más, los fans merecemos más. Supongo que el día que no todo sean porcentajes de audiencia, el día en el que se valore la aportación cultural más allá de los resultados, será el día en que El Ministerio abra de nuevo sus puertas porque estoy seguro que a Javier Olivares se le han quedado historias sin contar…

Solo me queda recordarla con enorme cariño, recomendársela a mis sobrinos, volver a verla y decirle a sus creadores: gracias. Gracias Javier y Pablo por haber hecho la mejor serie española.

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Adiós 2016…

Vaya año. No, no voy a hacer un resumen de esos sesudos que hacen las agencias de noticias ni voy a atufaros con mi valoración personal de esta o aquella impactante historia…

Voy a hablaros de mis cambios en 2016.

Los que me seguís en redes sociales sabéis, habéis sido testigos, de mi cambio físico. Sí, he adelgazado cuarenta y cuatro kilos, que se dice pronto y que salta a la vista, pero ese no ha sido mi mayor cambio.

Mi Gran Cambio se ha producido en el interior, en mi cabeza.

Supongo que antes, cuando estaba gordo y era un esfuerzo anudarme los zapatos, yo estaba muy enfadado. No lo supongo, lo sé. Estaba muy cabreado y eso me llevó a juntarme, a seguir en Twiter, a otras personas airadas. Eso que ahora se llaman “personas tóxicas” y de toda la vida han sido simplemente gilipollas.

He cortado con todas esas personas.

Este año había decidido ser mejor, tener contacto y preocuparme de aquellas personas que realmente hacen, crean, aportan o simplemente son “buena gente” y creo que lo estoy consiguiendo. No os voy a nombrar porque vosotros sabéis quiénes sois, sabéis que os quiero y os aprecio y noto que el sentimiento es mutuo.

Espero para 2017 que todo nos vaya fenomenal, que triunfemos y que sigamos alegrándonos de nuestros respectivos éxito como hacemos ahora.

Los de “La Ostra azul”, “Los muy así”, “Esa gente”, el enano cabrón, el otro enano de mierda, el guitarritas, la chernobylita, la ojete, el Batman, Stark, Doc o Spielberg, el Lunetas y su chica y muchos otros que no os tengo en grupos de DM o whatsapp pero que compartimos tanto… Gracias por estar ahí.

En fin, que feliz 2017 a todos.

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Sarna con gusto, de César Pérez Gellida

Una adolescente ha desaparecido en el marco de las ferias patronales de la ciudad. Se trata de la hija de un importante empresario y las primeras pesquisas apuntan a que podría tratarse de un secuestro. Mientras, lastrado por los efectos nocivos que le ha dejado la obsesiva persecución de Augusto Ledesma, el pelirrojo inspector de homicidios de Valladolid, Ramiro Sancho, vuelve al Cuerpo con la esperanza de retomar las riendas de su vida anterior. Nada más lejos de la realidad.

Hasta aquí lo que la editorial dice de esta novela.

Hasta aquí lo que se puede contar sin caer en el feo vicio de reventar una historia, siquiera mínimamente…

¿Para qué hacer las cosas fáciles? Fue lo primero que me vino a la mente cuando llevaba leídas unas cuarenta o cincuenta páginas de Sarna con gusto. Gellida no ha querido conformarse con narrarnos una historia actual, creíble y que puede estar ocurriendo ahora mismo, no. Se ha empeñado y ha conseguido hacer que seamos partícipes de todas las caras de un poliedro dramático y doloroso narrándolo desde todos los puntos de vista posibles: la familia de la chica secuestrada, la propia víctima, quienes la retiene y, por supuesto Ramiro Sancho, encargado de resolver el caso. Dice el texto promocional que es una experiencia 360 y se han quedado cortos; es leer la vida con un realismo negro que acojona al lector—Lo siento, no hay otro término—, lo sumerge, lo inunda, lo hace oler, sentir, vivir en primera persona, cuestionarse el blanco y negro, dudar del gris…

Para complicarse algo más la vida, César decide recuperar algunos viejos conocidos de su anterior trilogía y dar un gusto a los fans con el retorno del islandés y la Lopategui pero no queda ahí la cosa: empezamos a conocer otro nuevo caso para Sancho, un descarado y maravilloso cebo de lo que será esta nueva trilogía y que promete ser algo grande, quizás incluso más que Versos, canciones y trocitos de carne.

Un descubrimiento: la inspectora Robles.

Y hasta aquí la reseña sin historia narrable de Sarna con gusto, de César Pérez Gellida, que cada día se complica más la vida…, para disfrute de todos nosotros.

Normal, es un escritor calvo.

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Recomendemos algún libro (que para eso es Sant Jordi)

Vaya por delante una confesión sincera: Me estoy volviendo un viejo puñetero a la hora de leer.

Dicho esto voy a recomendaros libros que me han gustado especialmente. Antes de que salga el listo de turno: sí, muchos de ellos los han escrito amigos míos, pero no todos y algunos de los que han escritos mis amigos no los voy a recomendar porque no me han gustado y así se lo he dicho a ellos en privado.

Pasado el momento abuelo cebolleta, vamos a los libros y los motivos:

Kryptos, de Blas Ruiz Grau y otros chalados. Porque es un thriller que podría ser real, por sus dos protagonistas femeninas y porque he colaborado en él.

Albatros, de Gabri Ródenas. Porque presenta un futuro creíble, demasiado, y porque siempre me han gustado las historias con espadachines que además contienen perlas de filosofía.

Lo que el hielo atrapa, de Bruno Nievas. Porque ya no se escriben libros de aventuras como antes y este libro lo es; porque pasas frío leyéndolo y porque el desarrollo de “la cuarta presencia” que acompañaba a Shackleton y sus hombres es genial.

Sarna con gusto, de César Pérez Gellida. Porque es novela negra hiperrealista, porque podría estar pasando ahora mismo, porque es el retorno de Ramiro Sancho.

Cicatriz, de Juan Gómez-Jurado. Por frenética, rápida, ágil, adictiva y porque es un thriller que obsesiona.

Madre in Spain, de Señorita Puri. Porque vuelve la Puri más graciosa, porque es un buen método anticonceptivo leer este libro si piensas en tener hijos y porque me lo leí en una mañana y lloré de la risa.

Palabra de Dios Tuitero. Porque si hubiese un dios, tendría que ser él, que se toma las cosas con menos dramatismo que la Iglesia.

Y en el campo de la divulgación os recomiendo: El Universo en una taza de café, de Jordi Pereyra. Porque es divulgación con humor, porque es la historia de la física desde nuestros ancestros, porque soy fan del blog CienciaDeSofá.com.

Feliz Sant Jordi a todos.

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