Andrés Candaloso (Teherán, Irán, Persia, vamos, por la zona). Las ingles de Yusemina Delzerodos, iraní de 28 años acusada de edulcorar con aspartamo los yogures de kefir de su amante, penden de un hilo. Y es que en menos de lo que canta un gallo, pueden verse sometidas a la práctica tan ancestral como humillante para el pueblo islámico que es que las rasuren en medio de una enfervorecida multitud de fundamentalistas velludos armados con tijeras, gillettes y velcro.
Josseff Rade, embajador de Teherán en La Viyuela (Almansa) ha intentado apaciguar a la comunidad internacional asegurando que “a pesar de que la muy golfa se ha pasado por el forro cuatrocientos cincuenta y cinco dogmas del Corán al verter sacarina en un bol de yogur agrio”, el castigo puede verse sometido a revisión y limitarse únicamente a rasurar lo que vienen a ser las axilas que, recordemos, es un castigo de carácter menor destinado a aquellas mujeres que cambian el canal de la tele al marido “porque sí” cuando éste se queda dormido. Sin embargo, desde Teherán, no han podido corroborar las palabras de Rade, así que se teme lo peor.
Por su parte, en una reciente entrevista que Yusemina concedió a los medios Frodo Bolsón y Pippin Brandigamo, la mujer se mostraba estoica y consecuente con sus actos, como quedó reflejado en sus declaraciones: “Me siento consecuente con mis actos y me muestro muy estoica”. Por el contrario, añadió que ya que aceptaba el castigo de buena manera, pedía a sus verdugos que, a ser posible, le hicieran ingles brasileñas en vez de dejarle el “potorro ‘topelao como las Barbies”, sin lugar a dudas en un alarde de defender las tradiciones y creencias musulmanas frente al imperialismo norteamericano.
A pesar de la moratoria en la aplicación de la depilación de los “edúlcoros” (criminales que atentan contra el amargor de los productos tradicionales derivados de las cabras) acordada con la Unión Musulmana de Estilistas, se han rasurado las pelvis, desde entonces, de al menos seis mujeres, tres hombres y un dromedario que vomitó por error en unas gachas confiriéndoles el inconfundible sabor almizclado que otorga el Natreen líquido.
A esas horas, permanecemos a la espera de saber el resultado de las negociaciones con los jueces y abogados, pero o cambian mucho las cosas o las tiendas de tangas iraníes pronto recibirán una clienta nueva; infiel y condenada al averno pero con el chichi arreglado durante, al menos dos humillantes semanas.














