De todo un poco

Hoy no es mi mejor día

IMG_0343Hoy no es mi mejor día, claro. Mi madre acaba de morir. Desde hace muchos años la he llamado «Madre», no «mamá». «Madre» me sonaba más contundente, más propio de alguien que podía haberlo tenido todo y decidió entregarse a sus hijos. Se había ganado el título de «Madre» y me gustaba llamarla así, reconociéndolo. No había distancia en ello, había cercanía y profundo respeto a su tarea. De haber vivido unos meses más habría alcanzado los noventa años, pero mi madre empezó a morirse en el momento en que mi hermano mayor falleció hace casi trece años.

Ha aguantado trece años y en ellos ha visto como el amor de su vida también se iba, pero eso era más natural. Mi padre era un par de años mayor que ella y ya llevaba tiempo delicado tras haber superado un ictus. La muerte de su primogénito los sumió a ambos en un dolor inimaginable para alguien que, como yo, no tiene hijos.

Es curioso, toda mi vida han tardado en dar con mi nombre, supongo que por ser yo el pequeño de la familia. Mi padre se equivocaba y me llamaba como mi hermano mayor o como mi hermana y dado que ambos tenían nombres múltiples, eso daba a situaciones en las que yo era «Felix Alejandro María Eugenia… Roberto». Eso cambió el día en que Alejandro se fue. Pasé a ser sólo «Roberto». No hubo más errores.

Ahora mismo estoy en su casa, repasando la vida de mi familia, una como otras tantas, que vivió sus años de esplendor y su pico de felicidad cuando vivimos en Sevilla a finales de los setenta. Mi padre era el director general de una empresa comprada por unos americanos y a pesar de su nulo conocimiento del inglés, fue el único directivo que los de Illinois respetaron. Lo mandaron a Sevilla a cerrar una factoría en un año. Estuvimos seis y fue la última fábrica que bajó la persiana y eso ocurrió muchos años después de que mi padre se jubilara.

Esos años en Sevilla vi a mi madre feliz. Si bien en principio se sentía extraña hasta el punto de firmar un cuadro con las palabras «en el exilio», después algunas amistades se cimentaron y disfrutó de unos años maravillosos con mi padre, mi hermana y yo. Yo era un niño, viví en la ciudad del Guadalquivir de los seis a los doce años, pero reconocía la alegría que había en mi casa. Mi hermana mediana, Mayen, fue mi canguro, cómplice y maestra y mis padres, ya mayores, pudieron disfrutar de una segunda juventud a sus cincuenta a pesar de tener un enano con ellos que, como mi padre me confesó años después, les jodí «la abuelitud», pero les extendí la paternidad.

Mi hermano era otra historia. Desde muy joven tuvo algunos líos y problemas, y acabó viviendo en Salamanca, mal casándose por dejar embarazada a una novieta y saltando de trabajo en trabajo. Pero en los setenta y ochenta él también era feliz.

Después volvimos a Madrid, mi padre comenzó a preparar su jubilación y la hizo efectiva en cuanto pudo, a los sesenta y tres. Mi madre, con sesenta y un años, volvió a ser feliz. Era muy divertido verlos ir juntos al Pryca y mi madre despotricar de mi padre, que aplicaba técnicas de empresario a algo como hacer la compra, y acababan siempre discutiendo. Pero como discuten las parejas que se quieren, con más cachondeo que otra cosa.

En ese tiempo, también feliz, mi hermana conoció a su marido siendo ambos radioaficionados. Él era ciego y cuando se lo dijo, mi hermana le espetó «Hay poco que ver y lo que merezca la pena, te lo cuento yo». Creo que aún tengo la mandíbula desencajada de oír eso, porque yo era el típico niño pegado a las faldas de mi hermana y estaba leyendo un cómic mientras eso ocurría. La vida a veces te pilla con Stan Lee o John Byrne en medio.

Yo, el accidente de la familia, el rarito al que no le gustaba nada el deporte y vivía encerrado entre cómics y libros, crecí. Me fui de casa a los veinticinco, me marché a Cuenca a intentar ser periodista y aprendí todo lo que se puede aprender en provincias. Es decir: todo. Todo del periodismo y todo de la vida con una ex insufrible y asquerosa.

Volví a finales del año dos mil. Conocí a la que hoy es mi mujer y mi vida aceleró. Mi novia acabó la carrera, superamos una relación a distancia de más de cinco años, nos casamos y fundamos una familia de siete, con tres gatos y dos perros.

Mientras, trabajé en Telecinco, una etapa preciosa ya que estaba haciendo algo que me gustaba, en un gran medio y tenía a mi lado a una mujer con la que había soñado pero que no entraba dentro de mis posibilidades y que, contra todo pronóstico, se enamoró de mí.

Entonces murió mi hermano Jandro. Fue un infarto masivo. Tan masivo que la Guardia Civil lo encontró en su casa, con el mando a distancia en la mano y los ojos abiertos. No se enteró de que se había muerto. Siempre fue un desastre, hasta para morirse.

Entonces comenzó a morir mi madre.

La recuerdo en el entierro de mi hermano diciendo entre dientes «qué asco de vida».

No hubo más, el resto fue para ella una huida hacia adelante dejándose trocitos de vida poco a poco.

Primero se negó a ver a sus amigas.

Después se volcó en el cuidado de mi padre y no volvió a salir de casa.

Más tarde decidió que no quería ser una carga para nadie y pasó los últimos ocho años de su vida atendida por diversas muchachas, pero en su casa. No hubo manera de convencerla para que viniese a vivir con mi mujer y conmigo o con mi hermana y su familia en el País Vasco.

Y hoy se ha ido, en su casa. Hoy he estado a su lado, ella yéndose y yo agarrándola de la mano, acompañándola en su viaje. Hoy ha dejado de morirse por fin.

Ahora miro atrás y sé que me lo ha dado todo. No sólo «el milagro de la vida» que dicen los cursis, no. Me tuvo con cuarenta y cinco años en un tiempo en el que hasta los médicos más adelantados le decían que estaba loca y que iba «a tener un imbécil por hijo». No anduvieron muy desencaminados, aunque de seguir aquí me daría una colleja por ese comentario.

Pero me pegó su pasión por la radio. En mi casa siempre había una radio encendida. Y se hacía mucho zapping de radio, cosa inverosímil. Escuchábamos RNE, la SER de Gabilondo, Onda Cero con Luis del Olmo e incluso alguna vez la Cope, con fines humorísticos, claro. Ella había sido niña cantante en Radio Salamanca, que en la posguerra tenía el indicativo «EAJ 22 Radio Salamanca» recordaba, pero la moral pacata de la época, unida al insoportable carácter machista de mi abuelo Paco, impidieron que su carrera continuara. Hasta le habían ofrecido grabar discos como «Marujita». Lo más gracioso es que su identidad era secreta, como Batman, y algunas de sus compañeras de colegio comentaban lo mal que les caía la tal Marujita de la radio. Lo confesó seis años después, con los veinte ya cumplidos. Yo recogí su legado de amor por las ondas y he tenido la suerte de trabajar con los más grandes en este medio que ella tanto amaba. Tanto que hoy tenía una radio junto a ella, aunque ahora no le gustaba tanto «porque tú no sales y todos tienen voces muy feas» me decía los últimos meses.

También me metió dentro su pasión por la creatividad, por «los artistas» como ella los llamaba. Mi madre pintaba aunque yo tengo dos pies izquierdos por manos, pero he tenido la suerte de que haya leído mis novelas. «Normal» le gustó tanto que tardó un mes en acabarla. «Me la raciono, hijo, que Felix y Lara me tienen que durar mucho» me decía. «Antonio mató a Luis…» en cambio, le pareció «una tontería, Rober. A ver si escribes algo más serio». Lo hice, claro. «El Escritor», un breve relato, le recordó a Poe y a las leyendas de Becquer. Creo que no me he sentido más orgulloso en mi vida de mí mismo.

No tuve la suerte de tener su oído, ella llegó a ser primera cantante de zarzuela en su juventud, pero sí que heredé su voz grave y prodigiosa al hablar. No es inmodestia, es verdad. Tengo una voz de medir veinte centímetros más y tener pelazo y ojos verdes, aunque el físico no me acompaña. Tampoco me importa.

En fin, podría estar páginas y páginas contando su historia, mi historia, pero detesto «Cuéntame» y todo lo que se le parece y sé que le parecería una ordinariez que contase todo esto.

Mi madre quiso a su gente a pesar de la realidad. Nada se interpuso en su amor por nosotros. Pienso continuar su locura, su pasión. Pienso seguir queriendo a mi gente a cualquier precio.

Hoy mi madre ha muerto del todo.

Se llamaba María Eugenia Herrero.

Por ella yo soy López-Herrero.

Te echaré de menos, Madre. Mucho. Pero seguiré haciendo cosas que hagan que te sientas orgullosa de mí, como escribir esta ordinariez.

No nos engañemos: los piratas no leen

Veo y leo a amigos y colegas en esto del juntaletrismo que se lamentan de haber tenido equismil descargas piratas de sus libros, lo cual traducido a ventas legales les hubiera reportado pingües beneficios. Todos hemos padecido eso mismo viendo como el portal librogratisorquesí.com o SinvergüenzasWarez.es colgaba un enlace a nuestros libros, pero… ¿Realmente los van a leer aunque sea gratis?

Creo que no, es más, estoy convencido de que no. Un NO rotundo, con mayúsculas. Son piratas, no son lectores. No van a buscar tu libro, van a descargar todo aquello que puedan porque en su fuero interno piensan que nosotros, ya seamos autores editados por un descomunal grupo editorial, tres amigos juntando euros o uno mismo con su mecanismo, vivimos holgada y ampliamente de ello y nos sobra el dinero como para cambiar de coche cuando está sucio.

Son gente que no valora el trabajo de crear, de desarrollar, de parir una historia, y como no lo valoran, no lo disfrutan. Empezarán a ojear a Juan Gómez Jurado y dirán «Bah, tengo sesenta libros más, no quiero leer una historia de un neurocirujano» o abrirán «Apocalipsis Z» y pensarán «¿Otra de zombies, nada, paso». Harán lo mismo con Laso, Nievas, Ruiz Grau, Pérez Gellida, Núñez Miret, Herbada, Miosi, Reverte, Mendoza, etc… Al final del día habrán picoteado unos treinta ebooks, no habrán leído nada y se habrá perdido tanto…

*Eso con suerte, porque estoy convencido de que el 90% de las descargas pasa unos dos meses en la carpeta correspondiente, de ahí a un dvd o disco externo y acaba borrada.

¿Nos interesaría ese público aunque pagasen?

Yo digo no. No me interesa. No quiero esa gente que se bajan sesenta juegos de la Play y no acaba ninguno, no quiero a esa gente que se bajan doscientos LPs y jamás ha ido a un concierto. Y no los quiero porque no valoran, así pues que no me lean, ni gratis ni pagando, que vean la TV y disfruten la telebasura, que eso les va más…

Esa gente no consume cultura, esa gente ni es gente. Son estado.

Así pues, queridos administradores de foros donde mis libros están pirateados: seguid, para mí es como si un cerdo escucha tres segundos de «Bohemian Rhapsody», jamás lo entenderá.

Lectores son los que te buscan, el resto es ruido.

Feliz año nuevo.

Kryptos

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Este es un proyecto que me hace especial ilusión: Kryptos, la nueva novela de mi amigo Blas Ruiz Grau.

«Ya está el pesado del calvo haciendo publicidad a los libros de sus colegas.»

Por supuesto. Pero es que en esta novela hay un elemento que la diferencia del resto de novelas de Blas, de las mías, de las de cualquiera: solidaridad.

Kryptos nace con un objetivo claro: ayudar a los críos que debido a esta estafa llamada crisis, no tienen ni para comer. España ostenta el vergonzante honor de ser el país occidental donde el umbral de la pobreza se ha disparado más alto en los últimos diez años. ¿Y que hacen los responsables? Nada. Es más, incluso cierran los comedores escolares en época estival «para que no se vean los niños pobres» –No sé si esta frase es textual, pero me suena que alguna barbaridad así ha dicho alguno de nuestros gobernantes–. Por este motivo, y porque no sabemos hacer otra cosa que escribir, Blas nos ha liado a un grupo de juntaletras para hacer una novela cooperativa y solidaria: Kryptos, un thriller de acción que os hará pasar unas horas de lectura fabulosas y con el que ayudaréis a Educo, una ONG que se dedica a echar una mano a los más pequeños.

«¿Significa esto que Kryptos va a ser un libro moñas?»

No, mi querida voz en off, ni mucho menos… El planteamiento original de la novela, los primeros capítulos que nos pasó Blas a sus colegas, son vibrantes, rápidos, acción pura. Kryptos es adrenalina en páginas para que viváis un thriller tecnológico ambientado en Washington DC. Hay explosiones, tiros, sistemas de encriptación, villanos clásicos… Y dos protagonistas que os van a enamorar. Tiene todos los elementos para convertirse en un novelón de acción.

Además Blas tuvo la genial idea de pedir en Twitter que sus seguidores le mandasen una frase que quisieran ver en el libro. Seleccionó tres. La que me tocó a mí es de la periodista de TVE Ana Ruiz Echauri y os juro que esos 140 caracteres hicieron que mi cabeza armara todo un capítulo muy dramático.

«¿Dramático tú? ¿El majadero que escribe novelitas de risa de títulos enormes?»

Sí, voz en off. Blas me ha permitido hacer lo que me diese la gana y como sigo estudiando para intentar algún día ser escritor, he aplicado lo poco que sé y lo mucho que he leído para sumergirme en el Irak dominado por los talibanes. He disfrutado mucho escribiendo mi parte y sé que no se parece en nada a «Antonio mató a Luis en la cocina…» pero también sé que era lo que tenía que hacer.

Estamos aún escribiendo, estamos puliendo detalles, pero creo que es necesario que conozcáis de primera mano que aún podemos hacer cosas ante la inacción de nuestra clase política y además que disfrutéis.

«Ya, pero… Aparte de ti y Blas, ¿quién más pone palabras a Kryptos?»

Ahí está lo mejor: El doctor de la novela moderna española, el hombre que la sacó del letargo con «Holocausto Manhattan», Bruno Nievas, está en el proyecto; el filósofo del #MystiCool, el siempre sagaz autor de «Los pasajeros», Gabri Ródenas pone su grano de arena y el Rey de la Novela Negra patria, César Pérez Gellida, padre de «Memento mori» también se ha unido a esta historia.

Contamos además con las buenas artes de Luis Endera, amigo nuestro, claro, y director de cine con el que vamos a hacer un minidocumental sobre la génesis de este proyecto.

Y para ponerlo bonito y que luzca pintón, el portadista Chevi está colaborando codo con codo con Blas para que Kryptos tenga una estética que acompañe.

Por mi parte ya solo me queda pedir que cuando salga a la venta nos ayudéis a difundirlo. Os vamos a dar la plasta y mucho por Twitter, Facebook, medios de comunicación y hasta en la cola de la carnicería, pero es que Kryptos lo merece.

Entrevista con el alma de “Normal”

Me gusta escribir con intención –que lo logre está por ver–, con un mensaje, como diciendo “si giras el libro al revés escucharás una idea oculta”. A veces me ocurre que no me he dado cuenta y me lo señala un lector, en otras la intención impregna el mismo momento de la concepción de la historia.

Uno de los motivos que me llevó a escribir “Normal” fue pelearme contra el concepto de normalidad imperante en nuestra sociedad. Me provoca rechazo cuando escucho frases que encierran una enorme carga de discriminación maquillada de aparente normalidad.

Pregunté mucho, muchísimo, a mi amigo Pepe, policía nacional, para que aquello no fuese un CSI; indagué en las estadísticas para que el asesino fuese lo más corriente del mundo y cuando vi que podía dotar a Félix Fortea, el policía protagonista, de un trastorno mental, trabajé con Lorena de Simón, psiquiatra y amiga.

¿Por qué un poli con una enfermedad mental? Porque para mí es normal que eso ocurra. Todos estamos, y más hoy en día, un poco “p’allá” y todos conocemos a alguien que ha pasado una depresión, que tiene crisis de ansiedad o que acude al psicólogo o psiquiatra. No es nada raro.

Pero para que Félix fuese creíble necesitaba más. Lo bueno es que lo tenía muy a mano: Mi cuñada, mi hermana pequeña por méritos propios, mi amiga Cristina G. Aguayo. Cris ha sido diagnosticada de trastorno bipolar y en nuestra familia hemos vivido su evolución, su día a día. Desde aquel momento en que su marido nos dijo que “Cristina está KO” a sus momentos de acelerón, sus fases de hipomanía en las que se comía el mundo.

Tuvimos largas conversaciones sobre qué pasa por la cabeza de una persona con trastorno bipolar e intenté plasmarlo en el libro. Lo leyó como lectora Beta y me hizo sugerencias que cincelaron la personalidad de Félix Fortea. Estoy muy orgulloso de este personaje, le tengo un especial cariño y he querido que hoy, 10 de octubre, Día de la Salud Mental, conozcáis, con una entrevista en la que hablamos de lo humano y lo divino, un poco mejor al alma de “Normal”.

–¿Cuándo te diste cuenta de que algo no iba bien en tu cabeza?

En realidad, desde siempre. Recuerdo haber tenido una mente atormentada desde bien pequeña, aunque no lograba expresarlo adecuadamente. Creo que en mi educación se olvidaron de mi creatividad; no hace mucho que he descubierto esa faceta mía que, sin desarrollar, junto a factores externos como estrés y falta de sueño, desencadenaron mi primer episodio de hipomanía. Fue hace unos 11 años, en un momento de gran intensidad mientras hacía un trabajo de psicología. Ese episodio pasó con Dormidina, un medicamento que se dispensa sin receta; apenas fue una anécdota. Años después, al haber dado a luz a mi segundo hijo, empecé a tener el pensamiento acelerado. Sentía que mi mente estaba secreta e íntimamente ligada con todo lo que sucedía a mi alrededor, parecía que se anticipaba a la realidad. No lograba conciliar el sueño, pero tenía una actividad frenética durante el día. Mis planes, muchos e irrealizables, poblaban mi mente. No conseguía que mi pensamiento se adecuara al ritmo de la escritura, tal era la rapidez con la que fluía. Luego vino la depresión, de golpe. Fue una época de grandes sucesos: maternidad, mi bebé ingresado en el hospital, mi suegro murió, mi madre enfermó y murió, mi puesto de trabajo desapareció… Todo en muy poco tiempo. Mi mente se desbocó. Pero no hay mal que por bien no venga. Continué con una búsqueda que años atrás había empezado, esta vez con un rumbo claro: entender qué me estaba pasando. Al final he logrado un cierto equilibrio, aunque creo que siempre tendré que estar pendiente de mis ciclos de sueño, de mis vaivenes emocionales. Pero no de la misma manera que en la fase aguda de la enfermedad.

–¿Qué pensaste cuando te dijeron “tienes una enfermedad mental”? ¿Qué se te pasó por la cabeza en ese momento?

Que no. Un rotundo y claro no. No quería aceptarlo. Estuve mucho tiempo intentando demostrar que se habían equivocado, que yo era diferente, no un caso más. No quería ni imaginarlo. Busqué mucho, leí mucho, mucho. Me he movido por todas partes, he investigado en terapias alternativas… Nadie me daba una respuesta clara, todos estaban un poco perdidos. Hasta que di con una persona que supo conectar conmigo. No seguí sus recomendaciones a rajatabla, soy un poco cabezona con la autoridad. Pero al final llegué a la conclusión de que esta cosa que llamamos enfermedad mental no me hacía ni mejor ni peor persona que nadie, que era algo que debía tomar como un punto de partida, no una meta. Ahí empezó a cambiar todo. La aceptación me hizo ganar mucha confianza, puesto que no perdía mi energía en cambiar nada, sino en dejarme llevar. Y ahí fue cuando empecé a mejorar claramente, puesto que la enfermedad aparece cuando dejamos de ver cosas que no queremos ver, afloran en nuestra realidad tangible.

–¿Por qué a un enfermo mental se le cataloga como tal pero otras enfermedades tan sólo se padecen? ¿Nacen los prejuicios en las consultas de los psiquiatras?

Porque no se sabe de dónde viene ni a dónde va. Es como una lucha contra un enemigo que no sabemos qué cara tiene. En todas las enfermedades hay un componente físico, aunque a menudo escurridizo que se resiste a los estudios. Pero hay algo en la enfermedad mental que nos conecta con nuestros terrores más profundos. Los profesionales de la salud son de hecho los más estigmatizadores; no lo digo yo, lo dice un estudio que se hizo en Reino Unido acerca del estigma de la enfermedad mental. Hay muchas cosas que aprender, tanto por los médicos como por los enfermos, sus clientes. En todas las reuniones a las que voy con mi ahora amiga psiquiatra, Lorena de Simón, es muy común que en algún momento de la conversación, hablen de mí como si yo no estuviera presente. Algo que ni se les ocurriría hacer al contrario. Son cosas que hacen inconscientemente, aunque sean personas que estén sensibilizadas frente al estigma. Pero aún no ven todo lo que ven desde el otro lado. Aún no se imaginan a ellas mismas siendo “enfermos mentales”. Y todos lo somos, en mayor o menor medida. Algunos hemos pasado alguna barrera y nos han diagnosticado, esa es la única diferencia.

–Sé que has “salido del armario” y de hecho colaboras haciendo una gran campaña para que la gente se quite prejuicios y falsos conceptos sobre las enfermedades mentales, pero ¿te costó dar el paso? ¿Pensaste en mantener tu diagnóstico en la intimidad?

No, para nada. Para mí fue algo natural, algo que necesitaba hacer. No me considero valiente por ello, es algo que ha surgido de una manera espontánea. Claro que a veces me he arrepentido, no me siento abanderada de nadie. Pero lo cierto es que, a medida que pasa el tiempo, las cosas han empezado a suceder de una manera muy curiosa. Cada vez encuentro a interlocutores válidos y abiertos más fácilmente, en eso se ve que mi manera de emitir la información está cada vez más liberada de una voluntad de hacer cambiar lo que piensan o sienten acerca del tema.

Al principio tuve interlocutores que ni respondían cuando se lo contaba y, por supuesto, nunca me han preguntado cómo me encuentro. No sería lo mismo si me hubieran diagnosticado una diabetes o celiaquía. Pero creo que eso también sucedía porque yo lo explicaba cagada de miedo, estaba demasiado pendiente de la aceptación, de lo que pensaran de mí.

En esto creo que la carga autoestigmatizadora es aún más fuerte, si cabe, que el estigma social. En cuanto salgan del armario algunos más, nos sorprenderemos, porque… ¡estamos en todas partes!

–¿Cómo es tu día a día? ¿Piensas en ti como “una loca”?

Mi día a día es intenso, pero no porque esté loca. Porque tengo dos hijos pequeños y no puedo trabajar en todo lo que me gustaría. Cuando no puedo trabajar, entonces sí me vuelvo loca: irritable, nerviosa, nada me sale bien. Cuando tengo dos o tres proyectos encima de la mesa, entonces todo fluye. La enfermedad en mí se materializa cuando estoy “ociosa”, o haciendo de un rol tradicionalmente femenino para el cual no estoy preparada ni quiero estarlo. Lo que peor me hace encontrarme es estar en dique seco. Por eso, como creo además que no soy la única, creo que el trabajo es una de las principales vías de mejora de los “enfermos”.

–¿Estamos todos “un poco p’allá” en el mundo actual?

Más que locos lo que estamos es desconectados. De nuestros instintos, de nuestras necesidades verdaderas. Nos han vendido motos que hemos comprado sin chistar, nos han hecho creer que la felicidad estaba en cosas que ahora mismo son incompatibles con la realidad. Somos una civilización que está más pendiente del exterior que del interior. Todo lo que hemos aprendido se puede desaprender, pero requiere tiempo. Tenemos toda la vida para ello, aunque yo me daría prisa, podemos morir en cualquier momento.

–Desde tu experiencia, ¿ves síntomas de enfermedades mentales en políticos, cargos públicos, deportistas?

Sí, desde luego. La mayor enfermedad mental la veo en la clase política, pues ahí sí veo mucha desconexión de la realidad, mucha megalomanía. Por supuesto que hay cargos públicos, deportistas de élite. ¡Los hay en todas partes! Según las estadísticas, una de cada cuatro personas tiene en algún momento de su vida un trastorno mental. El abanico es amplio: desde una depre a una esquizofrenia, lo que tú quieras.

–¿Por qué hay tanto temor a ir al psicólogo o al psiquiatra cuando estamos mal?

Por ignorancia. Nos hemos creído que tenemos el control sobre todo. Y sobre nuestra mente, por supuesto. Nos hemos tragado nuestras emociones básicas, las hemos castrado para convertirnos en seres sociales. Pero, pese a todo, las seguimos teniendo. Y si no se reconocen, no se expresan de una manera ecológica (en consonancia con nuestro entorno), de una manera adecuada, nos desequilibran. El psicólogo y el psiquiatra también están estigmatizados.

–¿Crees que los psiquiatras y psicólogos saben lo que hacen o al ser la mente humana la última frontera van dando palos de ciego?

Saben mucho, pero deberían saber aún más. Para empezar, deben mirarse al espejo mucho más de lo que lo hacen. Seguir investigando, seguir formándose, pero no con otros médicos, sino con otras disciplinas y terapias. Y cuestionarse. Cada día un poquito. Creo que lograr un equilibrio entre aceptarnos y autocuestionarnos es algo que deberíamos hacer todos.

–Me gustaría que me contases como compaginas tus dos facetas: por un lado eres experta en belleza y cuidados de la piel y por otro de apoyo (peer support) de personas que pueden estar padeciendo situaciones mentales similares a la tuya. ¿No es contradictorio algo tan aparentemente superficial con algo que se supone tan profundo?

Cuando estaba deprimida no me cuidaba, y cuando estaba en hipomanía estaba radiante. Está demostrado que si modificas algo externo también puedes modificar tu estado interno. Lo superficial es quedarse en los prejuicios y en los estereotipos. Gracias a mi trabajo en el mundo de la belleza estoy conociendo a personas muy profundas y muy trabajadas interiormente con una piel radiante y un aspecto muy cuidado. Creo que tenemos muchos prejuicios cuando juzgamos a los demás, y esa aparente contradicción es uno más.

–Gracias por todo, Cristina.

*En la actualidad Cristina G. Aguayo sigue trabajando por la eliminación del estigma asociado a la enfermedad mental y ha contado su experiencia personal y sus valoraciones como “peer support” en una presentación en el Congreso Mundial de Psiquiatría celebrado en Madrid en septiembre de 2014 junto con Lorena de Simón, psiquiatra.

Sigue en Twitter a Cristina: @mouche_bleue. Más información en su blog “Estoy como una maraca“.