Hoy no es mi mejor día

IMG_0343Hoy no es mi mejor día, claro. Mi madre acaba de morir. Desde hace muchos años la he llamado «Madre», no «mamá». «Madre» me sonaba más contundente, más propio de alguien que podía haberlo tenido todo y decidió entregarse a sus hijos. Se había ganado el título de «Madre» y me gustaba llamarla así, reconociéndolo. No había distancia en ello, había cercanía y profundo respeto a su tarea. De haber vivido unos meses más habría alcanzado los noventa años, pero mi madre empezó a morirse en el momento en que mi hermano mayor falleció hace casi trece años.

Ha aguantado trece años y en ellos ha visto como el amor de su vida también se iba, pero eso era más natural. Mi padre era un par de años mayor que ella y ya llevaba tiempo delicado tras haber superado un ictus. La muerte de su primogénito los sumió a ambos en un dolor inimaginable para alguien que, como yo, no tiene hijos.

Es curioso, toda mi vida han tardado en dar con mi nombre, supongo que por ser yo el pequeño de la familia. Mi padre se equivocaba y me llamaba como mi hermano mayor o como mi hermana y dado que ambos tenían nombres múltiples, eso daba a situaciones en las que yo era «Felix Alejandro María Eugenia… Roberto». Eso cambió el día en que Alejandro se fue. Pasé a ser sólo «Roberto». No hubo más errores.

Ahora mismo estoy en su casa, repasando la vida de mi familia, una como otras tantas, que vivió sus años de esplendor y su pico de felicidad cuando vivimos en Sevilla a finales de los setenta. Mi padre era el director general de una empresa comprada por unos americanos y a pesar de su nulo conocimiento del inglés, fue el único directivo que los de Illinois respetaron. Lo mandaron a Sevilla a cerrar una factoría en un año. Estuvimos seis y fue la última fábrica que bajó la persiana y eso ocurrió muchos años después de que mi padre se jubilara.

Esos años en Sevilla vi a mi madre feliz. Si bien en principio se sentía extraña hasta el punto de firmar un cuadro con las palabras «en el exilio», después algunas amistades se cimentaron y disfrutó de unos años maravillosos con mi padre, mi hermana y yo. Yo era un niño, viví en la ciudad del Guadalquivir de los seis a los doce años, pero reconocía la alegría que había en mi casa. Mi hermana mediana, Mayen, fue mi canguro, cómplice y maestra y mis padres, ya mayores, pudieron disfrutar de una segunda juventud a sus cincuenta a pesar de tener un enano con ellos que, como mi padre me confesó años después, les jodí «la abuelitud», pero les extendí la paternidad.

Mi hermano era otra historia. Desde muy joven tuvo algunos líos y problemas, y acabó viviendo en Salamanca, mal casándose por dejar embarazada a una novieta y saltando de trabajo en trabajo. Pero en los setenta y ochenta él también era feliz.

Después volvimos a Madrid, mi padre comenzó a preparar su jubilación y la hizo efectiva en cuanto pudo, a los sesenta y tres. Mi madre, con sesenta y un años, volvió a ser feliz. Era muy divertido verlos ir juntos al Pryca y mi madre despotricar de mi padre, que aplicaba técnicas de empresario a algo como hacer la compra, y acababan siempre discutiendo. Pero como discuten las parejas que se quieren, con más cachondeo que otra cosa.

En ese tiempo, también feliz, mi hermana conoció a su marido siendo ambos radioaficionados. Él era ciego y cuando se lo dijo, mi hermana le espetó «Hay poco que ver y lo que merezca la pena, te lo cuento yo». Creo que aún tengo la mandíbula desencajada de oír eso, porque yo era el típico niño pegado a las faldas de mi hermana y estaba leyendo un cómic mientras eso ocurría. La vida a veces te pilla con Stan Lee o John Byrne en medio.

Yo, el accidente de la familia, el rarito al que no le gustaba nada el deporte y vivía encerrado entre cómics y libros, crecí. Me fui de casa a los veinticinco, me marché a Cuenca a intentar ser periodista y aprendí todo lo que se puede aprender en provincias. Es decir: todo. Todo del periodismo y todo de la vida con una ex insufrible y asquerosa.

Volví a finales del año dos mil. Conocí a la que hoy es mi mujer y mi vida aceleró. Mi novia acabó la carrera, superamos una relación a distancia de más de cinco años, nos casamos y fundamos una familia de siete, con tres gatos y dos perros.

Mientras, trabajé en Telecinco, una etapa preciosa ya que estaba haciendo algo que me gustaba, en un gran medio y tenía a mi lado a una mujer con la que había soñado pero que no entraba dentro de mis posibilidades y que, contra todo pronóstico, se enamoró de mí.

Entonces murió mi hermano Jandro. Fue un infarto masivo. Tan masivo que la Guardia Civil lo encontró en su casa, con el mando a distancia en la mano y los ojos abiertos. No se enteró de que se había muerto. Siempre fue un desastre, hasta para morirse.

Entonces comenzó a morir mi madre.

La recuerdo en el entierro de mi hermano diciendo entre dientes «qué asco de vida».

No hubo más, el resto fue para ella una huida hacia adelante dejándose trocitos de vida poco a poco.

Primero se negó a ver a sus amigas.

Después se volcó en el cuidado de mi padre y no volvió a salir de casa.

Más tarde decidió que no quería ser una carga para nadie y pasó los últimos ocho años de su vida atendida por diversas muchachas, pero en su casa. No hubo manera de convencerla para que viniese a vivir con mi mujer y conmigo o con mi hermana y su familia en el País Vasco.

Y hoy se ha ido, en su casa. Hoy he estado a su lado, ella yéndose y yo agarrándola de la mano, acompañándola en su viaje. Hoy ha dejado de morirse por fin.

Ahora miro atrás y sé que me lo ha dado todo. No sólo «el milagro de la vida» que dicen los cursis, no. Me tuvo con cuarenta y cinco años en un tiempo en el que hasta los médicos más adelantados le decían que estaba loca y que iba «a tener un imbécil por hijo». No anduvieron muy desencaminados, aunque de seguir aquí me daría una colleja por ese comentario.

Pero me pegó su pasión por la radio. En mi casa siempre había una radio encendida. Y se hacía mucho zapping de radio, cosa inverosímil. Escuchábamos RNE, la SER de Gabilondo, Onda Cero con Luis del Olmo e incluso alguna vez la Cope, con fines humorísticos, claro. Ella había sido niña cantante en Radio Salamanca, que en la posguerra tenía el indicativo «EAJ 22 Radio Salamanca» recordaba, pero la moral pacata de la época, unida al insoportable carácter machista de mi abuelo Paco, impidieron que su carrera continuara. Hasta le habían ofrecido grabar discos como «Marujita». Lo más gracioso es que su identidad era secreta, como Batman, y algunas de sus compañeras de colegio comentaban lo mal que les caía la tal Marujita de la radio. Lo confesó seis años después, con los veinte ya cumplidos. Yo recogí su legado de amor por las ondas y he tenido la suerte de trabajar con los más grandes en este medio que ella tanto amaba. Tanto que hoy tenía una radio junto a ella, aunque ahora no le gustaba tanto «porque tú no sales y todos tienen voces muy feas» me decía los últimos meses.

También me metió dentro su pasión por la creatividad, por «los artistas» como ella los llamaba. Mi madre pintaba aunque yo tengo dos pies izquierdos por manos, pero he tenido la suerte de que haya leído mis novelas. «Normal» le gustó tanto que tardó un mes en acabarla. «Me la raciono, hijo, que Felix y Lara me tienen que durar mucho» me decía. «Antonio mató a Luis…» en cambio, le pareció «una tontería, Rober. A ver si escribes algo más serio». Lo hice, claro. «El Escritor», un breve relato, le recordó a Poe y a las leyendas de Becquer. Creo que no me he sentido más orgulloso en mi vida de mí mismo.

No tuve la suerte de tener su oído, ella llegó a ser primera cantante de zarzuela en su juventud, pero sí que heredé su voz grave y prodigiosa al hablar. No es inmodestia, es verdad. Tengo una voz de medir veinte centímetros más y tener pelazo y ojos verdes, aunque el físico no me acompaña. Tampoco me importa.

En fin, podría estar páginas y páginas contando su historia, mi historia, pero detesto «Cuéntame» y todo lo que se le parece y sé que le parecería una ordinariez que contase todo esto.

Mi madre quiso a su gente a pesar de la realidad. Nada se interpuso en su amor por nosotros. Pienso continuar su locura, su pasión. Pienso seguir queriendo a mi gente a cualquier precio.

Hoy mi madre ha muerto del todo.

Se llamaba María Eugenia Herrero.

Por ella yo soy López-Herrero.

Te echaré de menos, Madre. Mucho. Pero seguiré haciendo cosas que hagan que te sientas orgullosa de mí, como escribir esta ordinariez.

5 comments on “Hoy no es mi mejor día

  1. crohnicas 27/01/2015 09:54

    Gran texto, Roberto. Otro abrazo por aquí.

  2. Kiko Labiano 27/01/2015 10:08

    Poco se puede decir. Ni siquiera aquello de que “el tiempo todo lo cura” porque no es verdad. El tiempo mitiga, pero no cura. Y es que, al final, te das cuenta de que el tiempo no debe ser un bálsamo para olvidar sino una imprimación para recordar.

  3. juan mantero 27/01/2015 10:58

    Brutalmente encantador, y sin cusilerías. Me ha encantado. Me quito el sombrero.
    Mi más sentido pésame.

  4. Maria Jose 27/01/2015 13:06

    Entrañables recuerdos de un vida 🙂 Gracias por compartirlos.

  5. Esperanza Arcos Ortega 03/03/2015 19:41

    Ojalá todas las madres recibiéramos unas palabras como éstas, el día que nos marchemos.

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