Entrevista con el alma de «Normal»

Me gusta escribir con intención –que lo logre está por ver–, con un mensaje, como diciendo “si giras el libro al revés escucharás una idea oculta”. A veces me ocurre que no me he dado cuenta y me lo señala un lector, en otras la intención impregna el mismo momento de la concepción de la historia.

Uno de los motivos que me llevó a escribir “Normal” fue pelearme contra el concepto de normalidad imperante en nuestra sociedad. Me provoca rechazo cuando escucho frases que encierran una enorme carga de discriminación maquillada de aparente normalidad.

Pregunté mucho, muchísimo, a mi amigo Pepe, policía nacional, para que aquello no fuese un CSI; indagué en las estadísticas para que el asesino fuese lo más corriente del mundo y cuando vi que podía dotar a Félix Fortea, el policía protagonista, de un trastorno mental, trabajé con Lorena de Simón, psiquiatra y amiga.

¿Por qué un poli con una enfermedad mental? Porque para mí es normal que eso ocurra. Todos estamos, y más hoy en día, un poco “p’allá” y todos conocemos a alguien que ha pasado una depresión, que tiene crisis de ansiedad o que acude al psicólogo o psiquiatra. No es nada raro.

Pero para que Félix fuese creíble necesitaba más. Lo bueno es que lo tenía muy a mano: Mi cuñada, mi hermana pequeña por méritos propios, mi amiga Cristina G. Aguayo. Cris ha sido diagnosticada de trastorno bipolar y en nuestra familia hemos vivido su evolución, su día a día. Desde aquel momento en que su marido nos dijo que “Cristina está KO” a sus momentos de acelerón, sus fases de hipomanía en las que se comía el mundo.

Tuvimos largas conversaciones sobre qué pasa por la cabeza de una persona con trastorno bipolar e intenté plasmarlo en el libro. Lo leyó como lectora Beta y me hizo sugerencias que cincelaron la personalidad de Félix Fortea. Estoy muy orgulloso de este personaje, le tengo un especial cariño y he querido que hoy, 10 de octubre, Día de la Salud Mental, conozcáis, con una entrevista en la que hablamos de lo humano y lo divino, un poco mejor al alma de “Normal”.

–¿Cuándo te diste cuenta de que algo no iba bien en tu cabeza?

En realidad, desde siempre. Recuerdo haber tenido una mente atormentada desde bien pequeña, aunque no lograba expresarlo adecuadamente. Creo que en mi educación se olvidaron de mi creatividad; no hace mucho que he descubierto esa faceta mía que, sin desarrollar, junto a factores externos como estrés y falta de sueño, desencadenaron mi primer episodio de hipomanía. Fue hace unos 11 años, en un momento de gran intensidad mientras hacía un trabajo de psicología. Ese episodio pasó con Dormidina, un medicamento que se dispensa sin receta; apenas fue una anécdota. Años después, al haber dado a luz a mi segundo hijo, empecé a tener el pensamiento acelerado. Sentía que mi mente estaba secreta e íntimamente ligada con todo lo que sucedía a mi alrededor, parecía que se anticipaba a la realidad. No lograba conciliar el sueño, pero tenía una actividad frenética durante el día. Mis planes, muchos e irrealizables, poblaban mi mente. No conseguía que mi pensamiento se adecuara al ritmo de la escritura, tal era la rapidez con la que fluía. Luego vino la depresión, de golpe. Fue una época de grandes sucesos: maternidad, mi bebé ingresado en el hospital, mi suegro murió, mi madre enfermó y murió, mi puesto de trabajo desapareció… Todo en muy poco tiempo. Mi mente se desbocó. Pero no hay mal que por bien no venga. Continué con una búsqueda que años atrás había empezado, esta vez con un rumbo claro: entender qué me estaba pasando. Al final he logrado un cierto equilibrio, aunque creo que siempre tendré que estar pendiente de mis ciclos de sueño, de mis vaivenes emocionales. Pero no de la misma manera que en la fase aguda de la enfermedad.

–¿Qué pensaste cuando te dijeron «tienes una enfermedad mental»? ¿Qué se te pasó por la cabeza en ese momento?

Que no. Un rotundo y claro no. No quería aceptarlo. Estuve mucho tiempo intentando demostrar que se habían equivocado, que yo era diferente, no un caso más. No quería ni imaginarlo. Busqué mucho, leí mucho, mucho. Me he movido por todas partes, he investigado en terapias alternativas… Nadie me daba una respuesta clara, todos estaban un poco perdidos. Hasta que di con una persona que supo conectar conmigo. No seguí sus recomendaciones a rajatabla, soy un poco cabezona con la autoridad. Pero al final llegué a la conclusión de que esta cosa que llamamos enfermedad mental no me hacía ni mejor ni peor persona que nadie, que era algo que debía tomar como un punto de partida, no una meta. Ahí empezó a cambiar todo. La aceptación me hizo ganar mucha confianza, puesto que no perdía mi energía en cambiar nada, sino en dejarme llevar. Y ahí fue cuando empecé a mejorar claramente, puesto que la enfermedad aparece cuando dejamos de ver cosas que no queremos ver, afloran en nuestra realidad tangible.

–¿Por qué a un enfermo mental se le cataloga como tal pero otras enfermedades tan sólo se padecen? ¿Nacen los prejuicios en las consultas de los psiquiatras?

Porque no se sabe de dónde viene ni a dónde va. Es como una lucha contra un enemigo que no sabemos qué cara tiene. En todas las enfermedades hay un componente físico, aunque a menudo escurridizo que se resiste a los estudios. Pero hay algo en la enfermedad mental que nos conecta con nuestros terrores más profundos. Los profesionales de la salud son de hecho los más estigmatizadores; no lo digo yo, lo dice un estudio que se hizo en Reino Unido acerca del estigma de la enfermedad mental. Hay muchas cosas que aprender, tanto por los médicos como por los enfermos, sus clientes. En todas las reuniones a las que voy con mi ahora amiga psiquiatra, Lorena de Simón, es muy común que en algún momento de la conversación, hablen de mí como si yo no estuviera presente. Algo que ni se les ocurriría hacer al contrario. Son cosas que hacen inconscientemente, aunque sean personas que estén sensibilizadas frente al estigma. Pero aún no ven todo lo que ven desde el otro lado. Aún no se imaginan a ellas mismas siendo “enfermos mentales”. Y todos lo somos, en mayor o menor medida. Algunos hemos pasado alguna barrera y nos han diagnosticado, esa es la única diferencia.

–Sé que has «salido del armario» y de hecho colaboras haciendo una gran campaña para que la gente se quite prejuicios y falsos conceptos sobre las enfermedades mentales, pero ¿te costó dar el paso? ¿Pensaste en mantener tu diagnóstico en la intimidad?

No, para nada. Para mí fue algo natural, algo que necesitaba hacer. No me considero valiente por ello, es algo que ha surgido de una manera espontánea. Claro que a veces me he arrepentido, no me siento abanderada de nadie. Pero lo cierto es que, a medida que pasa el tiempo, las cosas han empezado a suceder de una manera muy curiosa. Cada vez encuentro a interlocutores válidos y abiertos más fácilmente, en eso se ve que mi manera de emitir la información está cada vez más liberada de una voluntad de hacer cambiar lo que piensan o sienten acerca del tema.

Al principio tuve interlocutores que ni respondían cuando se lo contaba y, por supuesto, nunca me han preguntado cómo me encuentro. No sería lo mismo si me hubieran diagnosticado una diabetes o celiaquía. Pero creo que eso también sucedía porque yo lo explicaba cagada de miedo, estaba demasiado pendiente de la aceptación, de lo que pensaran de mí.

En esto creo que la carga autoestigmatizadora es aún más fuerte, si cabe, que el estigma social. En cuanto salgan del armario algunos más, nos sorprenderemos, porque… ¡estamos en todas partes!

–¿Cómo es tu día a día? ¿Piensas en ti como «una loca»?

Mi día a día es intenso, pero no porque esté loca. Porque tengo dos hijos pequeños y no puedo trabajar en todo lo que me gustaría. Cuando no puedo trabajar, entonces sí me vuelvo loca: irritable, nerviosa, nada me sale bien. Cuando tengo dos o tres proyectos encima de la mesa, entonces todo fluye. La enfermedad en mí se materializa cuando estoy “ociosa”, o haciendo de un rol tradicionalmente femenino para el cual no estoy preparada ni quiero estarlo. Lo que peor me hace encontrarme es estar en dique seco. Por eso, como creo además que no soy la única, creo que el trabajo es una de las principales vías de mejora de los “enfermos”.

–¿Estamos todos «un poco p’allá» en el mundo actual?

Más que locos lo que estamos es desconectados. De nuestros instintos, de nuestras necesidades verdaderas. Nos han vendido motos que hemos comprado sin chistar, nos han hecho creer que la felicidad estaba en cosas que ahora mismo son incompatibles con la realidad. Somos una civilización que está más pendiente del exterior que del interior. Todo lo que hemos aprendido se puede desaprender, pero requiere tiempo. Tenemos toda la vida para ello, aunque yo me daría prisa, podemos morir en cualquier momento.

–Desde tu experiencia, ¿ves síntomas de enfermedades mentales en políticos, cargos públicos, deportistas?

Sí, desde luego. La mayor enfermedad mental la veo en la clase política, pues ahí sí veo mucha desconexión de la realidad, mucha megalomanía. Por supuesto que hay cargos públicos, deportistas de élite. ¡Los hay en todas partes! Según las estadísticas, una de cada cuatro personas tiene en algún momento de su vida un trastorno mental. El abanico es amplio: desde una depre a una esquizofrenia, lo que tú quieras.

–¿Por qué hay tanto temor a ir al psicólogo o al psiquiatra cuando estamos mal?

Por ignorancia. Nos hemos creído que tenemos el control sobre todo. Y sobre nuestra mente, por supuesto. Nos hemos tragado nuestras emociones básicas, las hemos castrado para convertirnos en seres sociales. Pero, pese a todo, las seguimos teniendo. Y si no se reconocen, no se expresan de una manera ecológica (en consonancia con nuestro entorno), de una manera adecuada, nos desequilibran. El psicólogo y el psiquiatra también están estigmatizados.

–¿Crees que los psiquiatras y psicólogos saben lo que hacen o al ser la mente humana la última frontera van dando palos de ciego?

Saben mucho, pero deberían saber aún más. Para empezar, deben mirarse al espejo mucho más de lo que lo hacen. Seguir investigando, seguir formándose, pero no con otros médicos, sino con otras disciplinas y terapias. Y cuestionarse. Cada día un poquito. Creo que lograr un equilibrio entre aceptarnos y autocuestionarnos es algo que deberíamos hacer todos.

–Me gustaría que me contases como compaginas tus dos facetas: por un lado eres experta en belleza y cuidados de la piel y por otro de apoyo (peer support) de personas que pueden estar padeciendo situaciones mentales similares a la tuya. ¿No es contradictorio algo tan aparentemente superficial con algo que se supone tan profundo?

Cuando estaba deprimida no me cuidaba, y cuando estaba en hipomanía estaba radiante. Está demostrado que si modificas algo externo también puedes modificar tu estado interno. Lo superficial es quedarse en los prejuicios y en los estereotipos. Gracias a mi trabajo en el mundo de la belleza estoy conociendo a personas muy profundas y muy trabajadas interiormente con una piel radiante y un aspecto muy cuidado. Creo que tenemos muchos prejuicios cuando juzgamos a los demás, y esa aparente contradicción es uno más.

–Gracias por todo, Cristina.

*En la actualidad Cristina G. Aguayo sigue trabajando por la eliminación del estigma asociado a la enfermedad mental y ha contado su experiencia personal y sus valoraciones como «peer support» en una presentación en el Congreso Mundial de Psiquiatría celebrado en Madrid en septiembre de 2014 junto con Lorena de Simón, psiquiatra.

Sigue en Twitter a Cristina: @mouche_bleue. Más información en su blog «Estoy como una maraca«.

El día de la bestia

José Luis Céspedes Ledesma. Cuarenta y dos años. Casado. Dos hijos. Contable.

Y bastante calvo. Pero no se me nota con mi peinado.

Ese es mi curriculum vitae. Bueno, ese no, claro. Eso es el resumen de mi vida. De mi excitante vida. También me gusta Mecano, son agradables.

Todos los días cojo el metro al lado de casa –tres habitaciones, amueblado, cocina americana, una cucada– para ir a mi trabajo. Doy gracias porque tengo trabajo y no me quejo. Nunca.

En realidad mi trabajo consiste en vigilar que no se gaste mucho de nada. Esta gente es derrochadora. Arrugan folios con una línea escrita. O con un boceto en él.

Yo no. Yo ahorro siempre. Soy contable.

Y estoy orgulloso.

Y cuento. Hoy, en la oficina, hemos comenzado el día con mil quinientos veintidós folios. Sesenta y tres bolígrafos azules. Treinta y nueve rojos. Siete verdes.

A ver cómo acabamos. Ay, ay, ay.

Son creativos, dicen. Derrochadores los llamo yo.

Una panda de hijos de puta.

«José Luis, necesito más folios»

«Usa la parte de atrás»

Se enfadan.

Ellos hacen su trabajo, yo el mío.

Siempre hay un motivo de conflicto. Siempre. Menos mal, porque si no, no sé que le contaría a Marisa al volver a casa.

«¿Qué tal el día, cari?»

«Oh, muy divertido. He discutido con uno de los creativos porque gastaba mucho lápices»

Je, je.

Así es mi vida. Excitante, divertida, loca.

Esta mañana ha pasado algo.

Eduardo, mi superior, me ha llamado a su despacho.

He ido, claro.

«Parece ser que no hay feeling entre tú y el resto del equipo, José Luis»

«Oh, nos llevamos muy bien»

«Te vamos a trasladar»

«De acuerdo. ¿A dónde?»

«A contabilidad. Estarás más a gusto»

«No»

«¿No?»

«No»

«Bueno, ya está hecho. Enriqueta ocupará tu lugar en la sala de creativos»

«Tengo algo que decir»

«Adelante»

Saco la pistola de la chaqueta. Disparo a quemarropa entre sus cejas. Sus ojos salen volando por la habitación. Habrá que llamar a una señora de la limpieza. Abro la puerta. Me miran y todos gritan. Me encojo de hombros. Elijo blancos. Jesus, de cuentas. Marcelino, de operaciones. Antonio, de finanzas. Pum, pum y pum.

Bajo en el ascensor. Suena una música muy agradable, melódica. Las puertas se abren,

El muchacho de seguridad se acerca con una porra en la mano. Pum.

Uno de los redactores corre. Pum.

Enriqueta está en mi mesa. Ya no. Pum.

Sonrío. Tengo que ahorrar munición. Esta pistola lleva doce balas en cada cargador y ya he gastado seis. Menos mal que tengo otros seis cargadores.

Hay que ahorrar.

Bueno.

Jimmy, de publicidad, intenta abrir una ventana. Pum.

Amanda suplica. Pum. Y repum por golfa. No se viene a trabajar con esos modelitos. Ay, ay, ay.

Yago, Tony y Vicente. Pum, pum y pum.

Roberto. Pum.

Me queda una bala. Ah, mira, Paco, perdón, Francoise, el jefe creativo. Pum.

Cambio de cargador.

Sonrío, pero todos siguen gritando. Bueno, no me gusta llevarles la contraria. Yo también grito.

Aparece un señor con un chaleco que suda mucho. Dice que es un negociador.

Ahora.

Que negocie cuando tiran papeles simulando que juegan al baloncesto.

Pum. En medio de los ojos.

Más gritos.

Qué pesados.

Me siento en mi mesa. Marco un número.

«Hola, cari. No sé si voy a ir a cenar. La oficina es un infierno.»

«No tardes. He hecho carne mechada»

Vaya. Mi favorita.

Mato a Olivia, que siempre me ha parecido antipática, y a Samuel que es un poco simple.

Recojo mis cosas y me voy a casa.

Carne mechada.

Mmm.

En la puerta me para un policía. Me pregunta si el secuestrador me ha dejado ir.

«Claro. Sólo soy un contable».

En mi cabeza suena una canción, es gracioso porque no es de Mecano. Es «El día de la bestia» de Def Con Dos.

Carne mechada…

El día no puede acabar mejor. Sólo hemos gastado sesenta folios.

Y un bolígrafo rojo.

«¿Quién era Brian White?» de Blanca Miosi

BW

Muchas veces somos incapaces de recordar qué nos llevó a leer determinado libro, si fue la portada, la sinopsis, la recomendación de un amigo… No es el caso, hoy.

Llegué a «¿Quién era Brian White?» porque es obvio que soy fan de su autora, porque necesitaba sumergirme en algo diferente a lo que suelo leer y como terapia para desintoxicarme de todo lo que había leído sobre electromagnetismo, terremotos, plagas bíblicas y demás que están conformado parte de la documentación para mi siguiente novela… Pero no podía imaginar qué me iba a encontrar en sus páginas.

Un inicio suave, sin estridencias, como un allegro ma non troppo en música clásica –pero que nadie se confunda, a un ritmo nada aburrido–, en el que vamos conociendo poco a poco algunos de los protagonistas, me hizo ver que estaba ante una novela «de personajes», mis favoritas en los últimos tiempos.

Después de ver la infancia de Brian White, pasamos sin ruido a su adolescencia, a sus amores, a su Amor, ese que le quita el sueño y le descubre lo mundano de la vida, a sus estudios, a su triunfo.

Sinceramente, a mitad de libro no sabía por dónde podía salir la Miosi…

No, no sabía que estaba leyendo. ¿La crónica de una generación muy preparada para el triunfo, pero analfabeta en sentimientos? ¿El inicio de una saga familiar?

Entonces comenzaron a salpicarse los misterios, pero suavemente, de nuevo sin grandes boatos literarios, como ocurren en la vida que te dejan pensativo y sigues.

Y después de veinte capítulos vi claro lo que Blanca Miosi nos contaba y que no voy a revelar para no estropear a nadie tamaño disfrute.

Sólo apuntaré que una de las más Grandes Historias de la Humanidad ha sido reescrita con cariño, con amor, con ojos actuales y sin abultada pretensión.

Para mí gusto lo tiene todo: unos personajes fabulosamente bien construidos, con claroscuros, con evolución, redondos; una trama que atrapa y juega con el lector; un manejo del tiempo que hace que vivamos veinte o veinticinco años sin notarlo; una espiritualidad nada afectada… En resumen: una novela que podría haber sido un evangelio pero que resulta un viaje a través de una vida excepcional.

Para terminar me voy a atrever a una tremenda osadía, sugerir a la autora otro título: «¿Quién no ha querido ser Brian White?». Perdóname, Blanca.

«¿Quién era Brian White?», a la venta en Amazon.

No, ya no hacen falta

Querido y admirado Gabri Ródenas,

Leo con detenimiento y muchísimo interés tu post «Una cierta tendencia del sector editorial» y me sale contestarte.

Ya no hacen falta las editoriales, son un dinosaurio que se resiste a morir mientras el invierno nuclear del meteorito de Amazon ha arrasado su ecosistema y que ve como pequeñas criaturas empiezan a ocupar sus hasta ahora intocables nichos.

Las editoriales llevan años como pollo sin cabeza, normal, y se dedican en los últimos tiempos (entre escasas cosas buenas como Gómez-JuradoLoureiroNievas o tú) a producir basura mediática de personajillos populares. Sé de muy buena tinta el caso de una autora a la que se le censuró una buena parte de un libro de humor porque hacía un par de bromas sobre uno de estos personajes televisivos y fue obligada a retirar párrafos enteros porque «estás faltando a un compañero de editorial». Las carcajadas de mi amiga fueron descomunales porque, en primer lugar, no eran para tanto las citadas chanzas y, en segundo lugar, llamar «compañero de editorial» a alguien que ha logrado su notoriedad por acostarse con esta o aquella era un insulto para mi amiga.

Conozco otro caso de un fabuloso escritor al que le rechazaron su tercera novela porque «no era lo que esperaban» ya que pretendían que siguiese escribiendo lo mismo una y otra vez, sin dejarle experimentar por otros caminos literarios.

Por otra parte, como tú muy bien señalas, la promoción corre por parte del autor al ciento cincuenta por cien hoy en día, estés con una editorial o vayas por libre, así que otra marca a favor de la autoedición ya que si tú te lo trabajas, tú te debes beneficiar de ello.

También hay algo que tú, mi admirado Tony Stark de la literatura, no has nombrado en tu post: el famoso «filtro editorial». Todos hemos oído eso de «Si lo publica una editorial, es que es bueno». No abundaré en el tema, porque ya lo he hecho cuando he hablado de lo que copa las listas de más distribuidos (que no vendidos) por editoriales… Hoy es el público el que filtra, es el que deciden. ¿Hay mucha bazofia entre los indies? Por supuesto que sí, pero tú que has sido indie, si no hubieses vendido una buena cantidad de «El bunker de Noé» no te habrías animado a escribir su continuación y si «Estación Orichalcum» no hubiera triunfado nos habríamos quedado sin esa joya última tuya de «Los pasajeros«.

Es obvio que los indies tenemos que cuidar nuestro producto, pero se puede hacer y hay historias de éxito indie que tú y yo conocemos y cuyos libros nada envidian a ninguno de ninguna editorial.

Dices que «la editorial es un elemento clave en la cadena de valor de un libro», no si puedes tú mismo hacer lo mismo que hacen ellos, si tienes un equipo de lectores beta, si cuidas los detalles, si te hacen una buena corrección ortotipográfica, porque para la promoción ya hemos visto como se la gastan la mayoría de las editoriales.

Ojalá cambien de actitud, ojalá se reinventen como ha hecho la industria de la música o la de la TV en otros países y ojalá los juntaletras nos dediquemos sólo a eso: a juntar letras con mayor o menor acierto.

Pero hoy por hoy, ya no hacen falta.

Un abrazo, hermano.

P.D.: Tenemos que tener esta conversación con un par de whiskys.